historia


La casería asturiana[1]

Hablar de la casería es hablar del paisaje asturiano, el poblamiento rural, usos y costumbres, tradiciones, economía, ritos… La casería es una unidad de explotación  agrícola integral, muchas veces surgida a raiz de la roturación de terrenos yermos y montes que configura el paisaje astur desde tiempos medievales; explotaciones familiares otorgadas a sus beneficiarios a través de foros y contratos para potenciar la explotación de los terrenos y consolidar el avance de cultivos y praderías favoreciendo además el establecimiento de pequeños núcleos de vida aldeana. El centro de la explotación familiar es la casa y apéndice inseparabile el hórreo o panera, que junto con otras dependencias auxiliares (cuadras, llagares, tendeyones…) constituyen los techos, es decir el núcleo vital de la explotación campesina. Junto a ellos, las tierras adyacentes dedicadas a huertos y de forma disociada, tierras destinadas  a pastos para el ganado y a frutales (la pomarada). La caseria es una explotación económica, pero también tiene una fuerte dimensión social (a través de fiestas y actividades compartidas con otros vecinos y caserias)  cultural y ritual: la casa no es sólo un edificio, es lugar de trabajo, de recolección  y de socialización, de vida, nacimientos, matrimonios y funerales. Casa Antonino, en Trubia,  poblo de la Abadia de Cenero, forma parte de esta historia.

Dice Marc Augé[2] que las ruinas tienen una vocación pedagógica: hacernos sentir el tiempo en toda su fragilidad  para tomar consciencia de la historia. La casería ha plasmado buena parte del paisaje asturiano, algunas son restos que testimonian un pasado agrícola reciente,  Casa Antonino ha pasado el testigo, su historia continúa y somos felices de formar parte de ella.

VL. Oct. 2013

[1] Extracto del texto presentado en la exposición Paisajes de la rêverie de Virginia López en el Centro Valey de Piedras Blancas (4-31 octubre 2013). Recomendamos la lectura de la  publicación de Cristina Cantero Fernández, Etnohistoria del  Cotu de Curiel, (Cenero/Xixón)”. Editado por la Fundación Municipal de Cultura, Educación y Universidad Popular. Red de Museos Etnográficos de Asturias (Muséu del Pueblu d’Asturies).2003.
2Marc Augé, “Rovine e macerie. Il senso del tempo. Ed. Bollati Boringhieri. Torino, 2004.

Casa Antonino fue levantada con su forma actual, piedra a piedra, en los años 40 por Manuel Díaz Fombona y Margarita Martínez en la aldea de Trubia, perteneciente a la parroquia “rural” de Cenero, en Gijón (Asturias). En ella vivieron con sus hijos Manuel (Manolín) y José Luis (Pepín) y después Manolín con su mujer Elena. El matrimonio no tuvo hijos. Cuando nosotros llegamos Casa Antonino ya estaba muda y vacía. Tras la muerte de Manolo -que ya vivía en Gijón, Elena decidió ponerla en venta, y así fue como aparecimos nosotros en Casa Antonino.

Somos de los lugares a los que llegamos, somos de las huellas de quienes nos han precedido, somos los paisajes que hemos vivido o imaginado.

Llegamos a Trubia un día de lluvia del mes de agosto del 2013. El verano asturiano nos hacía los honores. Entramos en el pueblo lentamente, siguiendo las vacas de Laureano que salían de la cuadra. Giovanni y yo habíamos decidido fijar nuestra residencia y lugar de trabajo en Casa Antonino después de más de 15 años en Florencia (Italia). La decisión no fue fácil y todos nos decían que era bastante temeraria considerando la situación económica general y que ya teníamos nuestra actividad profesional asentada en Italia. De todas formas , queríamos realizar nuestro proyecto de vivir en el campo, uniendo arte, territorio y vida cotidiana. Vinimos a ver Casa Antonino el verano anterior, en el 2012 y un año más tarde estábamos aquí, con la casa a cuestas. Fue fruto de una serie de coincidencias (?), nosotros buscábamos algo similar en la Toscana cuando mi madre me dijo que la casería de la hermana de una amiga suya estaba en venta. Fue amor a primera vista y a veces las decisiones se toman así, a corazonada.
Mi madre vivió en Veranes, una aladea al lado de Trubia, durante los años difíciles de la posguerra. Había nacido en La Nueva, un pueblo minero en la zona central de Asturias, pero los desgarros de la guerra civil hicieron que su madre Pilar decidiera emigrar a Buenos Aires para no volver nunca más y dejara a su hija con su amiga y vecina, Ángeles, a quien yo siempre he llamado abuela. Sin duda esta pérdida, ha sido la causa fundamental de que mi madre recuerde todavía hoy con dolor su infancia en Veranes y todo lo relacionado con estos paisajes. Los padres de Ángeles, poco después de terminar la guerra civil, compraron una casería en Veranes, Casa La Burbuja, probablemente por esa gana de tierra que da el haber pasado hambre y dificultades durante la guerra. Así fue como mi madre, en los años 40 y con unos cuatro años vino a vivir a Veranes, donde se quedaría hasta mediados de los ‘60, para después coger su ansiado tren a la ciudad de Gijón y no volver más, bueno, de visita. Aquellos fueron tiempos difíciles para todos y para una niña que en cierta forma se sentía abandonada y diferente, la vida no debió de ser fácil. Quizás no muy diversa de la vida de los otros niños del pueblo, pero sus recuerdos y vivencias están marcados por el sentimiento de abandono y desarraigo. Me cuenta anécdotas divertidas, es memoria viva del paisaje agrario de Veranes porque lo trabajó diariamente, hizo grandes amistades, pero cuando le pido que me cuente sus recuerdos de aquel tiempo, a menudo se echa a llorar.

Este es mi lazo de unión con este lugar, a través de mi madre (aunque a ella le pese). En estos tres años, Giovanni y yo hemos restaurado la casería con mimo, podado los viejos manzanos e intentado mantener la memoria de quienes la crearon. Hemos pasado a formar parte de su historia y queremos seguir construyéndola. Los usos serán diferentes, pero somos felices, porque hemos abierto de nuevo Casa Antonino y su historia continúa.
Cuento todo esto porque PACA es Casa Antonino, su historia, sus gentes, su memoria, individual y colectiva.

Los proyectos que ahora estamos desarrollando nacen de este corazón doméstico, en este particular contexto, con el que necesariamente deben relacionarse. La elección de Casa Antonino también se debió a la fragilidad y complejidad del paisaje en el que se encuentra: una zona donde perviven aún pequeñas explotaciones agrícolas y ganaderas de gestión familiar, pocas y en peligro de extinción (muchas de ellas quizás no sobrevivan al cambio de generación), junto a zonas industriales que poco a poco van robando terreno al campo. En esta zona occidental de Gijón es donde se han ido asentando ya desde finales del s. XIX las principales infraestructuras e industrias de la ciudad (autopistas, embalses hidroeléctricos, áreas logísticas polígonos industriales y enlaces con el puerto marítimo, industria del acero…) dando como resultado una ordenación caótica del territorio en pos de una idea obsoleta y perjudicial de progreso que pasa sólo por el desarrollo industrial (La paradoja se encuentra, en que aún hoy se insista en continuar este camino). Por este motivo, tantas caserías como casa Antonino, están cerradas o lo harán próximamente, sin alternativas y sin haberse podido adaptar al nuevo contexto económico. Los hijos se han ido a la ciudad y no quieren volver. Tampoco parece que la administración haya sabido incentivar nuevas formas de diversificación de la economía local y en esto España creo que es bastante miope. Falta una visión holística del paisaje, una sensibilización estética que vaya más allá de los clichés impuestos por el turismo de masa, falta un imaginario colectivo de habitabilidad sostenible. Así es como estando a 10 km del centro de Gijón, se percibe como un lugar distante, porque el campo, en el imaginario del urbanita, está siempre distante, está siempre en las antípodas. Y para frecuentarlo, debe cumplir los requisitos de un ideal de belleza, la belleza de lo rústico, de lo natural. Pero nadie se preocupa en realidad de ver cómo evolucionan estas zonas rurales en la periferia de la ciudad, son sólo objeto de planes de ordenación urbanística para posibles y futuras ocupaciones de suelo (si puede ser un vertedero, mejor). Así tenemos gallinas, corrales, vacas que pastan, pomaradas con buenas manzanas y hermosos huertos, un patrimonio arqueológico y etnográfico considerable, pero también malos olores, plásticos, chamizos y corraletas en uralita, muros de piedra que caen, hartos que invaden caminos y campos abandonados y sin ganado, chalets y nuevos edificios variopintos …

Quizás la reivindicación y valorización de su importante patrimonio cultural sea una de las pocas posibilidades que le quedan. Y cuando digo patrimonio cultural, entiendo no sólo el patrimonio arqueológico, sino también el paisaje agrícola tradicional al que estos yacimientos y monumentos están ligados, la memoria, los momentos de socialización, las fiestas, las relaciones y las percepciones, es decir el patrimonio inmaterial vivo y en constante transformación.
Si bien el territorio sobre el que trabajamos es extremadamente local y reducido en extensión, creo que puede tener correspondencias más amplias puesto que los procesos de transformación del paisaje que se detectan en esta zona, son en muchos casos y con diferentes particularidades, aquellos que podemos observar en otras zonas peri-urbanas y rurales de la sociedad occidental actual. Este contexto bien delimitado forma parte de nuestro enfoque de trabajo: partir siempre de una experiencia directa y cotidiana del paisaje. En definitiva, se trata de una cercanía, de un contacto.
Por este motivo, desde PACA, se organizan proyectos culturales y programas de residencias artísticas internacionales site-oriented, de manera que la práctica, investigación y experimentación artística , además de tener una valencia estética y poética, generen nuevas vías de interpretación y de conocimiento del territorio en el que operan, a través de valores culturales, ambientales y sociales. Se piensan y organizan proyectos de largo recorrido en el tiempo donde el arte sirva como instrumento de cohesión, participación, formación y encuentro.

Virginia López, extracto del texto publicado en la revista Roots and routes  research on visual culture//n.24 _Participation. Enero-abril 2017